Hemos tenido la fortuna de compartir un rato de juego con un grupo de personas de distintos orígenes, todas ellas participantes de programas de empleo de Cruz Roja. Experimentamos con alegría como el juego nos iguala, no importa de dónde seamos ni cómo hemos llegado hasta aquí, a todos nos absorbe en un tiempo de tensión y distensión que ‘se nos pasa volando’. No parece serio pero jugando a Menos es Max alcanzamos a comprender nuestra cultura de competición y cooperación en la que nos vamos posicionando y cuyas consecuencias van modelando nuestro mundo.

En el juego, descubrimos el valor del análisis y la estrategia pero también de la intuición para atender a nuestras necesidades. Nos afanamos en destinar nuestro único y valioso recurso, el tiempo, a conseguir esas simbólicas alas que nos permitan ganar. Como no hay riesgos reales, podemos probar a apostarle a todo lo que nos apela. Y al final, nos queda el buen rato pasado y algunas ideas propias y ajenas que nos han resonado dentro y nos han hecho pensar de forma crítica a las personas que compartimos la partida. ¡Muchas gracias por la experiencia y por compartir las muy interesantes reflexiones producidas!

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